Psicología del Deseo
Estructuras, Cuerpos y la Práctica de Soltar
El deseo no habita únicamente en el interior de los cuerpos como un impulso privado e insondable. Desde una perspectiva feminista y estructural, el deseo es un fenómeno socialmente configurado que refleja relaciones de poder, asimetrías económicas y normas de género que modelan qué se puede anhelar, cómo se puede querer y a quién se permite desear (Friedman, 2004; MacKinnon, 1987). Comprender la psicología del deseo implica, entonces, salir del consultorio y observar las condiciones materiales y simbólicas que producen ciertos anhelos mientras reprimen otros. De lo personal nace lo político, y el deseo no es la excepción.
Las teorías feministas radicales han señalado que el deseo no es una fuerza natural e inocua, sino que está moldeado por estructuras que erotizan la dominación y la sumisión, particularmente en el contexto heterosexual (MacKinnon, 1987). Esta crítica no busca negar el placer, sino interrogar cómo las preferencias adaptativas formadas bajo condiciones de vulnerabilidad económica y violencia pueden distorsionar lo que una persona cree querer (Friedman, 2004). El deseo por un vínculo sometido, por ejemplo, no siempre es elección libre; muchas veces es el resultado de un habituación al miedo que extingue la posibilidad misma de imaginar alternativas. La psicología clínica tiene la responsabilidad de distinguir entre el deseo autónomo y el deseo colonizado.
Sin embargo, reducir el deseo a una mera construcción social sería ignorar su dimensión corporal y afectiva. Baruch Spinoza (1677), en su Ética, propuso que el deseo (cupiditas) es la esencia misma del hombre en cuanto se concibe como determinado a actuar de cierta manera. Para Spinoza, el conatus, esa tendencia a la autopreservación, se manifiesta como apetito y, cuando es consciente, como deseo. Lo revolucionario de su pensamiento radica en que no condena el deseo, sino que distingue entre las pasiones que nos esclavizan —porque provienen de ideas inadecuadas sobre causas externas— y las acciones que nacen de la razón, es decir, del conocimiento adecuado de nuestra propia naturaleza (Spinoza, 1677). La libertad, en este sentido, no es la ausencia de deseo, sino la capacidad de comprender sus causas y, así, transformar las pasiones en acciones. Soltar, para Spinoza, no implica negar el anhelo, sino dejar de ser dominado por él. El perdón puede entenderse como esa forma de dejar que algo que me lastimó lo siga haciendo, como lo explora el Mtro. Ernesto Ordóñez García en su artículo para Perspectivas.
Esta distinción entre esclavitud y libertad frente al deseo tiene profundas implicaciones para la salud mental. En la Terapia Dialéctico-Conductual (TDC), desarrollada por Marsha Linehan, se trabaja precisamente el equilibrio entre la aceptación radical de la realidad tal como es —incluyendo los propios deseos y emociones— y el compromiso con el cambio (Ramírez Henderson y Vargas Madriz, 2012). La aceptación radical no es resignación pasiva, sino un acto activo de reconocimiento que reduce el sufrimiento innecesario generado por la lucha contra lo inmodificable (Linehan, 1993). En este marco, "dejar ir" no significa suprimir el deseo, sino observar los juicios que aparecen en la mente y permitir que pasen, sin cerrar los puños ni aflojar la dignidad. Es aprender a hacer limonada cuando la vida da limones, sí, pero reconociendo que la receta debe escribirse desde la autonomía y no desde la coerción.
La intersección entre el análisis feminista de las estructuras de poder y las herramientas de la terapia conductual dialéctica ofrece un camino prometedor. Si el deseo está determinado socialmente, también puede ser resignificado desde la conciencia crítica y la práctica terapéutica. La validación del terapeuta, entendida como el reconocimiento genuino de que las respuestas del sujeto tienen sentido en su contexto, se convierte en un acto político: afirma que el sufrimiento no es patología individual, sino una respuesta lógica a condiciones opresivas (Fong et al., 2016; Moradi y Grzanka, 2017). Desde esta mirada, el derecho al deseo saludable es inseparable del derecho a la salud mental como un bien público y no como un privilegio privado.
En última instancia, la psicología del deseo nos invita a preguntarnos no solo qué queremos, sino quién nos ha enseñado a quererlo. Soltar es, en este sentido, un ejercicio de libertad: es dejar ir las manos que nos moldearon para abrazar la posibilidad de desear de otra manera. Porque la libertad no es la ausencia de deseo, sino el derecho y la obligación de desear con consciencia.
Referencias
Fong, E. H., Catagnus, R. M., Broadhead, M. T., Quigley, S., & Field, S. (2016). Developing the cultural awareness skills of behavior analysts. Behavior Analysis in Practice, 9, 84–94. https://doi.org/10.1007/s40617-016-0111-6
Friedman, M. (2004). Autonomy, gender, politics. Oxford University Press.
Linehan, M. M. (1993). Cognitive-behavioral treatment of borderline personality disorder. Guilford Press.
MacKinnon, C. A. (1987). Feminism unmodified: Discourses on life and law. Harvard University Press.
MacKinnon, C. A. (1989). Toward a feminist theory of the state. Harvard University Press.
Moradi, B., & Grzanka, P. R. (2017). Using intersectionality responsibly: Toward critical epistemology, structural analysis, and social justice activism. Journal of Counseling Psychology, 64(5), 500–513. https://doi.org/10.1037/cou0000203
Ramírez Henderson, R., & Vargas Madriz, L. F. (2012). Terapia conductual dialéctica: Descripción general de una propuesta centrada en la aceptación incondicional. Propósitos y Representaciones. https://www.redalyc.org/pdf/153/15325492005.pdf
Spinoza, B. de. (1677). Ética demostrada según el orden geométrico. Ámsterdam. (Obra original publicada en 1677)

