Criminología y Trauma: El Delito como Biografía, No como Naturaleza

La criminología clásica heredó una tentación peligrosa: explicar el delito desde la naturaleza del individuo, como si la conducta criminal fuera una esencia y no una biografía. Las neurociencias y la psicología del trauma han desmontado esa fantasía. El delito rara vez es el acto de alguien que nació mal; con frecuencia es el acto de alguien que, antes de infringir la ley, fue atravesado por la violencia hasta aprender que el mundo es un territorio donde se ataca o se es atacado. Comprender esto no es justificar: es explicar. Y sin explicación no hay prevención posible.

La evidencia del ciclo: de la victimización a la victimización

La relación entre el maltrato infantil y la conducta delictiva posterior está entre los hallazgos más replicados de la psicología forense. Los estudios longitudinales mostraron que los niños que sufren abuso físico o negligencia presentan tasas significativamente mayores de arresto, reincidencia y violencia en la adultez (Widom, 1989; Maxfield & Widom, 1996). La investigación sobre adversidades de la infancia ha demostrado que la acumulación de experiencias traumáticas tempranas —violencia intrafamiliar, abuso sexual, abandono, pobreza extrema— predice la implicación en la delincuencia, así como trastornos de la conducta, adicciones y psicopatología (Felitti et al., 1998; Baglivio et al., 2014).

Desde la neurobiología, el mecanismo es conocido: el estrés tóxico en etapas sensibles del desarrollo altera la arquitectura del sistema nervioso, hipersensibiliza los circuitos de amenaza y debilita la regulación prefrontal. El resultado no es un criminal en potencia sino un sistema nervioso organizado para la supervivencia en contextos hostiles: hipersensible al peligro, intolerante a la frustración, con una empatía condicionada por lo que la propia historia permitió aprender (van der Kolk, 2014). La agresión, en muchos casos, no es un deseo de dañar: es una defensa que llegó demasiado lejos.

Esto es particularmente visible en las mujeres que llegan al sistema penal: una proporción abrumadora reporta antecedentes de violencia sexual, violencia de pareja y trauma complejo, muchas veces siendo criminalizadas precisamente por defenderse de sus agresores o por participar bajo coerción en delitos cometidos por otros (Herman, 1992; Bloom et al., 2003). La cárcel, lejos de reparar el daño, con demasiada frecuencia es el lugar donde se completa la revictimización.

La victimología: mirar a quienes el sistema olvida

Si la criminología del trauma estudia al ofensor como superviviente, la victimología estudia al superviviente como sujeto de derechos. Y aquí la mirada feminista resulta indispensable: la victimización no es azarosa ni distribuida por igual. La noción de víctima ideal sigue vigente como denuncia: el sistema tiende a reconocer como víctima legítima solo a quien encaja en un guion estrecho de inocencia, debilidad y docilidad, mientras castiga, sospecha y descalifica a las víctimas que se defendieron, que bebían, que no denunciaron a tiempo, que amaban a su agresor (Christie, 1986). Denunciar la violencia sexual atraviesa, no pocas veces, un proceso que constituye una segunda violencia: interrogatorios que recrean la humillación y una revictimización institucional que ocurre dentro de casa.

El trauma complejo —producto de la exposición repetida y prolongada a la violencia interpersonal, muchas veces dentro del propio vínculo de apego— se ha vuelto la condición silenciosa de nuestras comunidades (Herman, 1992). Y cuando el sistema de justicia no está formado para reconocerlo, administra daño en lugar de repararlo: interroga como si el lapsus de memoria fuera mentira, cuando la fragmentación de la memoria traumática es un fenómeno neurobiológico documentado; exige relatos lineales de experiencias vividas en estado de disociación; y confunde los síntomas de hipervigilancia con hostilidad o falta de credibilidad (Lanius et al., 2018; Lebois et al., 2024).

La justicia que necesitamos: informada por el trauma

Atender el delito sin atender el trauma es reparar la puerta y dejar la casa desmoronándose. Una criminología informada por el trauma no aboga por la impunidad; aboga por una justicia que entienda qué es lo que realmente sana. La evidencia muestra que las intervenciones restaurativas, los programas terapéuticos con enfoque en trauma y las alternativas a la prisión para ciertos perfiles reducen la reincidencia con mayor eficacia que el encierro puro y simple (Andrews & Bonta, 2010; Miller & Najavits, 2012). Castigar el síntoma sin tratar la herida no produce seguridad: produce reincidencia con cicatrices adicionales.

Para las víctimas, la reparación implica algo más que la sentencia: ser creídas, ser escuchadas sin revictimización, recibir acompañamiento psicológico real y acceso efectivo a la justicia. Reivindicar la salud mental como derecho y no como privilegio es también una exigencia de la criminología del siglo XXI: no hay justicia posible en sociedades que dejan el sufrimiento traumático exclusivamente al mercado. Y aquí el arte vuelve a revelarse como territorio de verdad: las expresiones creativas de personas privadas de su libertad y de supervivientes de violencia no son terapia decorativa, son formas de decir lo que el lenguaje forense no alcanza a nombrar. La criminología que ignora la dimensión simbólica del sufrimiento se queda, literalmente, sin alma.

El delito es, con demasiada frecuencia, la últlima página de una biografía que comenzó con la violencia; y la víctima, la primera víctima de un sistema que no supo protegerla a tiempo. Mirar esta continuidad no es sentimentalismo: es la condición para una justicia que deje de fabricar a quien dice combatir.

Referencias

Andrews, D. A., & Bonta, J. (2010). The psychology of criminal conduct (5th ed.). LexisNexis.

Baglivio, M. T., Wolff, K. T., Piquero, A. R., & Epps, N. (2014). The relationship between adverse childhood experiences (ACE) and juvenile offending trajectories in a juvenile offender sample. Journal of Criminal Justice, 42(5), 386-395.

Bloom, B., Owen, B., & Covington, S. (2003). Gender-responsive strategies: Research, practice, and guiding principles for women offenders. National Institute of Corrections.

Christie, N. (1986). The ideal victim. In E. A. Fattah (Ed.), From crime policy to victim policy (pp. 17-30). Palgrave Macmillan.

Felitti, V. J., Anda, R. F., Nordenberg, D., et al. (1998). Relationship of childhood abuse and household dysfunction to many of the leading causes of death in adults. American Journal of Preventive Medicine, 14(4), 245-258.

Herman, J. L. (1992). Trauma and recovery: The aftermath of violence — From domestic abuse to political terror. Basic Books.

Lanius, R. A., Vermetten, E., Loewenstein, R. J., et al. (2018). Emotion modulation in PTSD: Clinical and neurobiological evidence for a dissociative subtype (revisión de literatura en Lebois et al., 2024).

Lebois, L. A. M., Palermo, C. A., Kaufman, M. L., et al. (2024). Treatment of dissociative identity disorder: Leveraging neurobiology to optimize success. Expert Review of Neurotherapeutics, 24(3), 273-289.

Maxfield, M. G., & Widom, C. S. (1996). The cycle of violence revisited 6 years later. Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine, 150(4), 390-395.

Miller, N. A., & Najavits, L. M. (2012). Creating trauma-informed correctional care: A balance of goals and environment. European Journal of Psychotraumatology, 3(1), 17246.

van der Kolk, B. A. (2014). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing of trauma. Viking.

Widom, C. S. (1989). The cycle of violence. Science, 244(4901), 160-166.

Lic. Regina García Nava

En Perspectivas by BioPsyc aporto análisis que entrelazan sensibilidad estética, pensamiento feminista e interpretación psicológica, siempre con el compromiso de situar a cada persona dentro de las estructuras que la atraviesan y de las que también busca liberarse.

Soy Lic. Regina García Nava, Psicóloga Clínica comprometida con hacer de la salud mental un derecho y no un privilegio. Mi trabajo parte del reconocimiento de las causas sociales y estructurales que influyen en nuestro bienestar, y busco acompañar a cada persona en un proceso justo, humano y transformador.

He colaborado en espacios gubernamentales como el CAS y el IMQ, trabajando con poblaciones vulnerables y aprendiendo de sus realidades para enriquecer mi práctica clínica. Creo en el poder de las expresiones, como el arte, como formas de transgresión que nos invitan a mirar lo esencial y lo profundo del Ser. En mi consulta integro esta visión para ofrecer un espacio seguro y creativo, donde la reflexión y la sensibilidad se convierten en herramientas de cambio.

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