Disociación

El Cuerpo que se Fragmenta para Sobrevivir

La disociación no es un capricho del espíritu ni una rareza reservada a diagnósticos exóticos. Es, ante todo, una respuesta adaptativa del sistema nervioso ante experiencias que exceden la capacidad de procesamiento psicológico de una persona. Cuando el peligro es inminente y no hay salida posible, la mente hace lo que puede: se fragmenta para preservar la integridad del yo. Este fenómeno, lejos de ser patológico en su origen, constituye uno de los mecanismos de supervivencia más antiguos y complejos del repertorio humano (Alvarez Iturain, 2025).

Desde una perspectiva neurobiológica, la disociación se asienta en alteraciones de la conectividad funcional entre redes cerebrales clave. Estudios de neuroimagen han demostrado que la disociación patológica se asocia con una inhibición corticolímbica excesiva, particularmente entre la corteza prefrontal medial y estructuras límbicas como la amígdala y la ínsula. Este patrón de sobre-modulación emocional, descrito inicialmente en el subtipo disociativo del trastorno de estrés postraumático (TEPT), sitúa a la disociación en un continuo de adaptaciones postraumáticas que incluyen desde la desconexión atencional leve hasta la fragmentación estructural de la personalidad (Lanius et al., 2018; Lebois et al., 2024). La investigación reciente, incluso con modelos de aprendizaje automático, ha logrado identificar biomarcadores estructurales predictivos de la disociación, lo que abre la puerta a intervenciones de precisión basadas en la neurobiología individual (Purcell et al., 2026).

Clínicamente, la disociación se manifiesta como un espectro transdiagnóstico que atraviesa múltiples cuadros psiquiátricos. La despersonalización, la desrealización, las amnesias disociativas y la alteración de la identidad no son categorías rígidas sino expresiones variables de una misma fractura: la imposibilidad de integrar experiencias abrumadoras en una narrativa coherente del self. En contextos de trauma complejo y crónico, especialmente cuando este ocurre durante los años formativos de la personalidad, la fragmentación puede estructurarse en partes de la personalidad que asumen funciones diferenciadas: una parte aparentemente normal que gestiona la vida cotidiana y partes emocionales que albergan el recuerdo del daño (MJA Insight+, 2026). Esta arquitectura defensiva, aunque funcional en el corto plazo, genera un costo terrible en el mediano y largo alcance: dificultades de regulación emocional, vacíos de memoria, distanciamiento relacional y una sensación persistente de no estar verdaderamente viva.

Es importante reconocer que la disociación no opera en un vacío social. Las condiciones estructurales de violencia —la pobreza, la discriminación de género, el abandono institucional, la guerra— son terrenos abonados para que la fragmentación psíquica se arraigue. No es casual que las poblaciones más vulnerables desde el punto de vista económico y social presenten tasas más elevadas de sintomatología disociativa. La disociación, en este sentido, es también un síntoma político: refleja la imposibilidad de un entorno seguro donde el desarrollo integral del self pueda tener lugar. Atenderla requiere, por tanto, no solo técnicas clínicas sino una mirada que interrogue las causas estructurales del sufrimiento.

En este sentido, los tratamientos con mayor respaldo empírico combinan la psicoeducación, la regulación emocional y el procesamiento del trauma en fases secuenciales. Programas de estabilización como Finding Solid Ground han mostrado reducciones significativas en la sintomatología disociativa cuando se implementan de manera sostenida, mientras que intervenciones como el EMDR, la terapia sensoriomotriz y los Sistemas Familiares Internos (IFS) trabajan directamente sobre la integración de las partes fragmentadas del yo (Lebois et al., 2024). No se trata de eliminar las partes disociadas, sino de facilitar su comunicación y cooperación desde un self más cohesionado.

Un aspecto frecuentemente ignorado es la presencia de síntomas disociativos en contextos de duelo. Cuando una pérdida significativa golpea de manera abrupta o cuando el dolor de la ausencia es tan intenso que amenaza con disolver la identidad, la mente puede recurrir a la desconexión como amortiguador. La desrealización y la despersonalización son respuestas relativamente comunes en las primeras fases del duelo patológico, particularmente cuando la muerte ha sido violenta, inesperada o socialmente invisibilizada. Reconocer esta superposición entre duelo y disociación es esencial para no patologizar el dolor ni, por el contrario, dejar de lado una respuesta que puede cronificarse si no se aborda. Como lo menciona el Mtro. Ernesto Ordóñez García en su articulo para Perspectivas.

La evidencia actual apunta a que la disociación persistente tras la exposición traumática predice peores resultados en salud mental, incluyendo TEPT, depresión, ansiedad y deterioro funcional (Lebois et al., 2022). Por ello, la evaluación sistemática de la disociación debe formar parte de cualquier protocolo de atención postraumática, no como un apéndice diagnóstico sino como un eje central del pronóstico y la intervención. La neurociencia nos ha dado herramientas para comprenderla; la clínica nos obliga a humanizarla.

Referencias

Barrientos Bravo, C. N., Moran Villamar, K. P., & Hidalgo Ramos, C. G. (2025). Terapia cognitivo conductual centrada en el trauma en jóvenes víctimas de abuso sexual: Una revisión sistemática. Iberociencias Multidisciplinar, 4(3), Article 214. https://doi.org/10.63371/ic.v4.n3.a214

Garrido, C., & Urra, F. (2021). Terapia cognitivo conductual en pacientes con trauma infantil diverso: Evidencia de reducción de síntomas. Revista Chilena de Psiquiatría y Neurología de la Infancia y Adolescencia, 32(2), 68–76.

Gualán Celi, E. B., & Placencio Loayza, M. R. (2025). Efectividad de la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma sobre los síntomas asociados a la victimización sexual. Revista Vitalia, 6(3), Article 817. https://doi.org/10.61368/r.s.d.h.v6i3.817

Lanius, R. A., Boyd, J. E., McKinnon, M. C., Nicholson, A. A., Frewen, P., Vermetten, E., & Spiegel, D. (2018). A review of the neurobiological basis of trauma-related dissociation and its relation to cannabinoid- and opioid-mediated stress response: A transdiagnostic, translational approach. Current Psychiatry Reports, 20(12), Article 118. https://doi.org/10.1007/s11920-018-0981-1

Lebois, L. A. M., Li, M., Baker, J. T., Wolff, J. D., Wang, H., van Rooij, S. J. H., Ely, T. D., Bruce, S. E., House, S. L., Beaudoin, F. L., An, X., Zeng, D., Neylan, T. C., Kessler, R. C., Koenen, K. C., Ressler, K. J., & Harnett, N. G. (2022). Persistent dissociation and its neural correlates in predicting outcomes after trauma exposure. American Journal of Psychiatry, 179(9), 661–672. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.21090911

Lebois, L. A. M., Palermo, C. A., Kaufman, M. L., et al. (2024). Treatment of dissociative identity disorder: Leveraging neurobiology to optimize success. Expert Review of Neurotherapeutics, 24(3), 273–289. https://doi.org/10.1080/14737175.2024.2316153

Martín-Peña, J., Carrasco-Portiño, M., & Valverde-Molina, J. (2025). Structural violence and the effects of the patriarchal structure on the diagnosis of borderline personality disorder (BPD): A critical study using tools on BPD symptoms and social violence. International Journal of Environmental Research and Public Health, 22(2), 196. https://doi.org/10.3390/ijerph22020196

Unterhitzenberger, J., & Sachser, C. (2020). Trauma-focused cognitive-behavioral therapy with children and adolescents: A commentary on the evidence base, the treatment of refugee children, and the issue of traumatic loss. European Journal of Psychotraumatology, 11(1), Article 1818976. https://doi.org/10.1080/20008198.2020.1818976

Lic. Regina García Nava

En Perspectivas by BioPsyc aporto análisis que entrelazan sensibilidad estética, pensamiento feminista e interpretación psicológica, siempre con el compromiso de situar a cada persona dentro de las estructuras que la atraviesan y de las que también busca liberarse.

Soy Lic. Regina García Nava, Psicóloga Clínica comprometida con hacer de la salud mental un derecho y no un privilegio. Mi trabajo parte del reconocimiento de las causas sociales y estructurales que influyen en nuestro bienestar, y busco acompañar a cada persona en un proceso justo, humano y transformador.

He colaborado en espacios gubernamentales como el CAS y el IMQ, trabajando con poblaciones vulnerables y aprendiendo de sus realidades para enriquecer mi práctica clínica. Creo en el poder de las expresiones, como el arte, como formas de transgresión que nos invitan a mirar lo esencial y lo profundo del Ser. En mi consulta integro esta visión para ofrecer un espacio seguro y creativo, donde la reflexión y la sensibilidad se convierten en herramientas de cambio.

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