Ansiedades
Domesticación y Control Sobre los Cuerpos
La ansiedad no nace en el vacío. Es la respuesta fisiológica de un cuerpo que habita condiciones de vida insostenibles: precariedad laboral, violencia de género, deuda, discriminación racial y la carga desproporcionada del cuidado no remunerado que recae sobre de estos cuerpos. Según la OCDE, las mujeres presentan tasas de ansiedad un 81 % superiores a las de los hombres, y quienes se encuentran en la escala más baja de ingresos tienen 3,5 veces más probabilidades de desarrollar síntomas depresivos o de ansiedad que quienes están en el la escala más alta (Infocop, 2025). Estos datos no hablan de vulnerabilidad biológica innata, sino de desigualdad estructural que enferma. La ansiedad, lejos de ser una falla individual, es un síntoma colectivo de un tejido social que agota a quienes menos poder tienen para nombrar su malestar.
Desde una mirada feminista y estructural, la medicalización de la ansiedad opera como un mecanismo de control. Cuando el modelo biomédico reduce el sufrimiento a un desequilibrio químico cerebral, desvía la atención de las causas sociales —la explotación, la violencia machista, la inestabilidad habitacional— y coloca toda la responsabilidad sobre el individuo, generalmente sobre cuerpos racializados y feminizados (Gil García et al., 2022). La prescripción masiva de ansiolíticos a las mujeres, que en España duplica la de los hombres, no es una prueba de mayor enfermedad, sino de un sistema que prefiere sedar el malestar antes que transformar las condiciones que lo producen. La salud mental no puede entenderse sin preguntarse quién tiene derecho a sentirse seguro, quién puede acceder a una vivienda digna y quién está obligado a sostener emocionalmente a los demás sin que nadie sostenga a quien sostiene.
Entre los mecanismos que mantienen viva la ansiedad crónica se encuentran las mentes rumiantes: esa tendencia a girar una y otra vez sobre los mismos pensamientos negativos sin llegar a una solución, como una rueda de hámster que agota, pero no avanza, como lo desarrolla el Mtro. Ernesto Ordóñez García en su articulo para Perspectivas. Desde la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), se trabaja para identificar las distorsiones cognitivas que alimentan este ciclo —la catastrofización, la lectura de mente, la personalización— y se reemplazan por interpretaciones más equilibradas, siempre con la pregunta ética subyacente: ¿este pensamiento me ayuda a actuar o me mantiene paralizada ante una realidad que necesita cambio? La TCC no busca adaptar a la persona al sufrimiento, sino devolverle herramientas para distinguir entre lo que puede transformar y lo que debe exigirse transformar colectivamente.
La libertad, en este sentido, es simultáneamente un derecho y una obligación. El derecho a decidir sobre nuestro cuerpo y nuestra mente, a rechazar tratamientos coercitivos, a exigir atención psicológica accesible y no punitiva. La OMS y la ONU han señalado que el tratamiento involuntario en salud mental vulnera la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, atentando contra la autonomía, la integridad personal y el consentimiento libre e informado (OMS/ACNUDH, 2024). Pero la libertad también es una obligación social: la obligación de los Estados de garantizar condiciones materiales que permitan vivir sin angustia crónica, y la obligación de la comunidad de no individualizar el malestar. La TCC, cuando se practica desde una perspectiva de derechos, se convierte en un acto de empoderamiento: no para que la persona "resista" mejor la injusticia, sino para que recupere la agencia necesaria para exigirla, nombrarla y transformarla.
Comprender la ansiedad como un fenómeno biopsicosocial implica romper con la lógica del "tú tienes el problema". Implica reconocer que la amígdala no se activa por capricho, sino ante amenazas reales: el despido inminente, la violencia de pareja, la deuda que crece, la soledad forzada por la precariedad. La recuperación no puede ser solo una tarea de consultorio; debe ser una apuesta política por la redistribución de la seguridad, del cuidado y del tiempo. La salud mental es un derecho humano, no un privilegio para quienes pueden pagarlo, y la ansiedad solo cederá cuando dejemos de pedirle a los cuerpos agotados que se adapten a un mundo que los desgasta.
Referencias
Gil García, E., Rodo, M., Ruiz, M., & Serrano, M. (2022). Gender inequality and mental health medicalization. International Journal of Environmental Research and Public Health, 19(9), 5660. https://doi.org/10.3390/ijerph19095660
Infocop. (2025, 16 de enero). Desigualdades estructurales en salud mental: La OCDE advierte sobre brechas en acceso y atención psicológica. https://www.infocop.es/desigualdades-estructurales-en-salud-mental-la-ocde-advierte-sobre-brechas-en-acceso-y-atencion-psicologica/
Organización Mundial de la Salud & Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. (2024). Salud mental, derechos humanos y legislación. https://www.ohchr.org/sites/default/files/documents/publications/WHO-OHCHR-Mental-health-human-rights-and-legislation_web-sp.pdf
Psyclinic. (2025, 3 de noviembre). Rumiación y sobre pensar: el motor oculto de la ansiedad. https://www.psyclinic.es/blog/rumiacion-sobre-pensansar-motor-de-la-ansiedad/

